viernes, abril 08, 2005

Mano Abierta de Borja

...al suelo. Su hombro, atrapado al caer bajo su propio cuerpo, le latía dolorosamente con cada inhalación. Buscó a gatas el rincón antes de que la sombra se acercase, y se estaba acercando a cada momento. Se fijó: era como un líquido negro que avanzaba por la alfombra, partiendo desde los pies que parecían generarlo, y, muy por encima, un cuerpo. Comenzó a trepar lentamente por ella, que deseó durante un instante ser la sombra y subir líquida, pegajosa, por las paredes. Después el hombre descargó otro golpe contra su vientre desprotegido y todo acabó de sumirse en...


Gonzalo trató te interponerse entre su padre y su madre a pesar de lo mucho que le ardían los ojos. Escuchaba un grito, una especie de gañido que se sostenía de los techos en penumbra y que nunca llegó a identificar como propio. Tenía solamente ocho años, así que Genaro lo apartó sin dificultad de un empellón y siguió avanzando, todo sombra, hacia el guiñapo lastimero que era su mujer. Se levantó entonces Gonzalo y corrió atravesando los vanos de las puertas, sobrevolando escalones de tres en tres, levantando el polvo que había estado ya antes, como ahora, al borde de innumerables caminos.

El trigal le esperaba tendido al sol de agosto tal y como esperan los mares en las orillas: de vez en cuando una ráfaga de aire levantaba pequeñas olas brillantes que lo recorrían de lado a lado. Penetró en él lentamente, apartando las espigas con las manos. Al llegar al centro se tumbó y apretó los ojos hasta que le dolieron las sienes.

Así se quedó dormido.

Lo despertó un insistente zarandeo que no tenía visos de detenerse. Más por curiosidad que por ganas verdaderas, Gonzalo abrió los ojos. Genaro estaba allí, con el cinturón, fuera de las correas de su pantalón de pana, mal anudado en una mano. Fumaba tabaco negro y su humo azul ascendía hacia el cielo bajo del atardecer. Guardaba la otra mano con indolencia en un bolsillo. En su camisa había manchas de sangre.

-¿Qué andas haciendo aquí, niño? Si no llega a ser porque te han visto correr como un loco camino arriba, lo mismo ni te encuentro.

Gonzalo no supo qué contestar. La sombra angosta de Genaro, que siempre se las arreglaba para caer a plomo sobre todas las cosas, provocaba en él un miedo atávico e imposible. Su padre sujetó el cigarrillo con dos dedos y escupió a un lado.

-Mira, chaval, me parece que le das demasiada importancia a lo de tu madre –Gonzalo tragó saliva pero descubrió, demasiado tarde, que tenía la boca seca-. A veces a las mujeres hay que pegarles, que si no se le suben a uno a la chepa.

Hizo una pausa larga, dio un par de caladas lentas, y por fin dijo:

-...además, dicen que pegar con la mano abierta no es pecado.


Todo, hasta los pecados, le vino a Gonzalo impuesto por su padre. A los doce Genaro le sacó del colegio para llevárselo con él a la obra. Su sueldo de aprendiz fue a parar íntegro a su bolsillo (gastos de manutención, los llamaba él, que la vida estaba muy dura). La guerra había terminado hacía poco y tocaba reconstruir. Según Genaro, malamente se iba a levantar un país con un puñado de libros. Como el decía: donde hubiera una buena masilla...

La madre murió cuando Gonzalo tenía sólo quince. Un golpe mal “dao”. Al parecer Genaro tenía nombres para todo. Si no fue a la cárcel fue porque siempre se ocupó de guardar bajo la alfombra sus secretos. Nadie de fuera declaró contra él.

En la obra, con cada ladrillo Gonzalo se iba derrumbando. Cada pared lo aislaba más del mundo y las vigas no hacían más que cimentar su total desposesión: no era más que una propiedad, respirante y vagamente consciente, de entre las (pocas) que tenía Genaro.


Cumplió los veintiuno retrepado en el andamio. De todos los peones, eran los andaluces los que le gastaban las bromas más salaces. Le hablaban de mujeres que él todavía no había probado, de lugares en los que por solamente unos reales se podía pasar un buen rato. Quizás hoy, como regalo de cumpleaños, le decían palmeándole en la espalda.

-¡Vienen o no vienen esos ladrillos, Gonzalo, coño, que no voy a levantar las paredes con aire!

Genaro se asomó al vacío desde el quinto. Gonzalo, lanzándole una mirada desabrida, amontonó unos cuantos ladrillos en una carretilla y los subió después, con ayuda de los andaluces que no paraban de guiñarle el ojo, hasta el piso donde se encontraba el padre. Una vez allí fue cargando con ellos uno a uno para que Genaro no tuviera más que ir alineándolos cuidadosamente sobre el cemento. Lo había aplicado previamente entre calada y calada de uno de sus malolientes pitillos.

Estuvieron así cerca de una hora. Al cabo Genaro se levantó para desentumecer un poco las piernas. No reparó en la barra de hierro (algún sobrante del montaje del andamio) que rodó ruidosamente bajo sus pies. Alarmado, Genaro plantó las dos manos en la pared que apenas sí había terminado de armar. El cemento, aún fresco, cedió ante su peso, y él, intentando recuperar el equilibrio con grandes brazadas (casi aleteos), quedó de espaldas al vacío y después perdió pie.

En una de éstas su mano se encontró con la de Gonzalo que se había lanzado hacia adelante instintivamente al ver que su padre caía al vacío. Resbaló por el suelo cubierto de gravilla manoteando hasta encontrar asidero en el andamio. Los ladrillos, al debatirse Gonzalo e ir empujándolos más allá del borde, hacían abajo el ruido periódico de un macabro reloj.

La postura no podía ser más peligrosa: Gonzalo, tumbado cuan largo era, se sostenía, con la izquierda, de una barra de hierro. La otra mano se cerraba con toda su fuerza sobre la del padre, Genaro, que pataleaba indefenso a quince metros de altura. Ya había perdido un zapato.


Dicen que ante los ojos de quien ve de cerca la muerte pasan a toda velocidad, como en una película muda, todos los recuerdos. Ante los de Gonzalo sí pasaron en un destello de lucidez exagerada algunas imágenes (su madre ovillada en un rincón, las olas con las que se mece lánguido el trigo, un cigarrillo negro consumiéndose a las siete de la tarde, el cinturón colgando de un puño como una serpiente de cuero), a pesar de que si fuera la muerte la cinta extendida al final de una carrera, sería Genaro sin lugar a dudas quién alzaría los brazos.

-¡No, me sueltes, hijo! ¡No me sueltes!

Apretó los dientes. Ya resonaban en las rampas los pasos a la carrera del resto de compañeros. A través del sudor Gonzalo podía ver su propio puño firmemente cerrado. Así, con la sencillez que se encuentra más allá del concepto y la palabra, despiertan a veces los recuerdos.

Mientras dejaba abrirse uno a uno sus dedos, como una flor, pensó que nadie podría culparle jamás por lo que estaba sucediendo; ni los hombres que subían a toda prisa gritando por las escaleras, ni Genaro que pataleaba salvajemente (ahora caía otro ladrillo); ni siquiera él mismo, y esto era lo más importante, pues todo el mundo sabía, Gonzalo incluido, que no había ningún pecado en dejar la mano abierta.