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domingo, abril 10, 2005

Tercera vía de María

¿Playa o montaña? ¿Verano o invierno? ¿Zapato o zapatilla? Al principio uno de nuestros juegos favoritos había consistido en elegir entre dos opciones sin apenas darnos tregua. Si aquella especie de obsesión compartida nos ayudó a conocernos mejor o tan solo a parecer más brillantes a los ojos del otro, no podría afirmarlo ni siquiera hoy. ¿Dentro o fuera? ¿Blanco o negro? ¿Arriba o abajo? No valía quedarse indiferente. De hecho, nada nos repugnaba más que la apatía, las medias tintas, la mediocridad: esa falta de entusiasmo de tantos indecisos al borde de la nada. Lo de menos era encontrar una explicación cabal para nuestros veredictos. Lo que de verdad importaba eran las chispas de ingenio y complicidad que saltaban entre los dos en medio de las asociaciones más inesperadas.¿Corona o laurel? ¿Trinchera o campo abierto? ¿Crucifijo o letanía?

Ni siquiera la política, o eso que llaman religión, por no hablar de ciertas comparaciones odiosas entre parientes y otros allegados, lograron hacer mella en nuestro malabarismo de manos abiertas. Hasta que, en pleno delirio, surgió una insignificancia: ¿Con o sin hueso? Yo me refería las aceitunas. A partir de aquel día, cesó el juego; todavía sigo preguntándome el motivo real.¿Qué tipo de malentendido era aquél? Pues, entrenados como estábamos para dar rienda suelta sin miedo a nuestras intuiciones, la propuesta inocente precipitó una marabunta de reproches que parecían venir de otra parte. Que si ya estaba bien de oposiciones binarias elementales que no reflejaban la realidad, que si el mundo era mucho más complejo que eso, que qué empeño por volver las cosas del revés. Al parecer, lo del deshuesamiento era el colmo de la insensibilidad, como si fuera posible arrancarle a uno el corazón y preguntarle a continuación: ¿con o sin?

A decir verdad, yo no estaba acostumbrado a tantos miramientos. ¿No notas lo blanditas y jugosas que se ponen, y cómo se deshacen en la boca?, le decía intentando convencerla de mis buenas intenciones. Pero no hay chiste que resista explicaciones, como no hay segundas oportunidades una vez roto el embelesamiento: la gracia es un don que se esfuma como por ensalmo. Ella insistía en hacerme ver el meollo del asunto como si le fuera la vida en ello. Yo sólo quería continuar y pasar página lo antes posible. Ella hablaba del vacío existencial y de la sustancia escondida en las partes duras, ésas que la mayoría rechaza sin darse cuenta de que la carne agarrada al núcleo suele ser la más sabrosa. Yo me resistía a tales suplicios. Incapaces de encontrar una tercera vía, tuvimos que dejarlo. No sé si ella habrá seguido jugando como en los viejos tiempos, si habrá inventado nuevas reglas para no perder o si, como yo, anda todavía pensando en la partida definitiva, sin poder decidir si resultó un desastre o un triunfo, un éxito o un fracaso, ¿o quizá hay algo más que se me escapa?

viernes, abril 08, 2005

Entre las bombas de Javi

A lo lejos se escuchan los aviones. Un pequeño zumbido al principio, nada más. El sentimiento de que todo esta decidido y que esta noche será la última empieza a cundir dentro de la trinchera. Pronto llega la evidencia: el zumbido se hace ensordecedor y a la vista aparecen tres bombarderos. Un instante más y veo abrirse las trampillas del primero, me echo las manos a la cabeza para dominarme y presiento la muerte. Las bombas empezarán a caer al siguiente instante. Una inmensa mano abierta gobierna mis últimos pensamientos, llenando mi cabeza, abotargándome. Puede parecerme una mano cualquiera, pero no son momentos de engaños:

Mi padre murió en una disputa dentro de un bar con mi tío. Apenas si tenía cuatro años y no puedo recordar demasiado, pero mi madre no se cansó de contarme centenares de veces que mi tío echo sus manos al cuello de mi padre y apretó hasta acabar con su vida. Desde aquella noche nuestra vida cambió. Mi tío se hizo cargo de nosotros, especialmente de mi madre con la que compartió cama durante toda mi infancia. Recuerdo sus manos ásperas partiendo el pan y la sonrisa condescendiente con la que me miraba. Recuerdo los golpes que me daba por todo. Recuerdo su mano abierta sobre el rostro de mi madre. Seis años de lágrimas que mi madre fue contando día a día como si de una condena se tratara. Nos fugamos una noche, da lo mismo cual. Abandonamos la casa con una pequeña maleta en la que llevamos una muda y cuatro cuartos que pudimos robarle a mi tío. No sé que pensaría cuando despertó de su borrachera, pero para entonces ya estábamos lejos ayudados por un hombre desconocido para mí que se tomaba las mismas libertadas con mi madre que el otro. Otra mano abierta tapando la boca de ella cada vez que me hacía carantoñas, alejándola de mí. A esa siguieron otras, muchas manos, un ejercito, y hombres desnudos a todas horas. Las manos sobre su cuerpo, aquí y allí, y las bofetadas, y las lágrimas y volver a empezar. Los pobres no tenemos patria, sólo nuestra cruda realidad.

Llegó la guerra y si nos resultaba difícil conseguir algo que llevarnos a la boca antes, más aún con la nueva situación. Aparecieron las manos represoras movidas por la Iglesia. La conducta moral de mi madre chocaba a todas horas y en todos los sitios con los brazos en oración de las devotas. Un escarmiento tras otro marcado en nuestros rostros con la señal de la mano, el suyo por puta, el mío por hijo de puta. Mi madre no sobrevivió a una de tantas tardes en el cuartelillo. Yo huí, crucé la frontera y me alisté. Nada tenía.

Manos amigas por primera vez me dieron un fusil y me enseñaron a disparar. Mil balas hubiera deseado tener para borrar cada una de las manos que señalaron mi camino hasta este último instante. Defendí la tierra que tenía negada como si fuese de todos, aprendí a ser útil por primera vez dentro de una guerra fraticida. Sentí por primera vez anoche: una mujer del pueblo y su mano abierta acariciándome la cara mientras hacíamos el amor. No entendí sus intenciones, ni mi suerte, o la suya. Los motivos se me escapan, tal vez necesidad, o lástima. No fuimos concretos; no había tiempo, sólo premura y precipitación. No cruzamos una sola palabra de amor. No sé su nombre, ni recuerdo el color de sus ojos, pero sus largos dedos blanquecinos, sin apenas fuerza por el hambre, recorren mi rostro mientras espero la muerte. Tal vez sean ellos los que me cierren los ojos, sino he volado por los aires repartido en pedazos.

Mano Abierta de Borja

...al suelo. Su hombro, atrapado al caer bajo su propio cuerpo, le latía dolorosamente con cada inhalación. Buscó a gatas el rincón antes de que la sombra se acercase, y se estaba acercando a cada momento. Se fijó: era como un líquido negro que avanzaba por la alfombra, partiendo desde los pies que parecían generarlo, y, muy por encima, un cuerpo. Comenzó a trepar lentamente por ella, que deseó durante un instante ser la sombra y subir líquida, pegajosa, por las paredes. Después el hombre descargó otro golpe contra su vientre desprotegido y todo acabó de sumirse en...


Gonzalo trató te interponerse entre su padre y su madre a pesar de lo mucho que le ardían los ojos. Escuchaba un grito, una especie de gañido que se sostenía de los techos en penumbra y que nunca llegó a identificar como propio. Tenía solamente ocho años, así que Genaro lo apartó sin dificultad de un empellón y siguió avanzando, todo sombra, hacia el guiñapo lastimero que era su mujer. Se levantó entonces Gonzalo y corrió atravesando los vanos de las puertas, sobrevolando escalones de tres en tres, levantando el polvo que había estado ya antes, como ahora, al borde de innumerables caminos.

El trigal le esperaba tendido al sol de agosto tal y como esperan los mares en las orillas: de vez en cuando una ráfaga de aire levantaba pequeñas olas brillantes que lo recorrían de lado a lado. Penetró en él lentamente, apartando las espigas con las manos. Al llegar al centro se tumbó y apretó los ojos hasta que le dolieron las sienes.

Así se quedó dormido.

Lo despertó un insistente zarandeo que no tenía visos de detenerse. Más por curiosidad que por ganas verdaderas, Gonzalo abrió los ojos. Genaro estaba allí, con el cinturón, fuera de las correas de su pantalón de pana, mal anudado en una mano. Fumaba tabaco negro y su humo azul ascendía hacia el cielo bajo del atardecer. Guardaba la otra mano con indolencia en un bolsillo. En su camisa había manchas de sangre.

-¿Qué andas haciendo aquí, niño? Si no llega a ser porque te han visto correr como un loco camino arriba, lo mismo ni te encuentro.

Gonzalo no supo qué contestar. La sombra angosta de Genaro, que siempre se las arreglaba para caer a plomo sobre todas las cosas, provocaba en él un miedo atávico e imposible. Su padre sujetó el cigarrillo con dos dedos y escupió a un lado.

-Mira, chaval, me parece que le das demasiada importancia a lo de tu madre –Gonzalo tragó saliva pero descubrió, demasiado tarde, que tenía la boca seca-. A veces a las mujeres hay que pegarles, que si no se le suben a uno a la chepa.

Hizo una pausa larga, dio un par de caladas lentas, y por fin dijo:

-...además, dicen que pegar con la mano abierta no es pecado.


Todo, hasta los pecados, le vino a Gonzalo impuesto por su padre. A los doce Genaro le sacó del colegio para llevárselo con él a la obra. Su sueldo de aprendiz fue a parar íntegro a su bolsillo (gastos de manutención, los llamaba él, que la vida estaba muy dura). La guerra había terminado hacía poco y tocaba reconstruir. Según Genaro, malamente se iba a levantar un país con un puñado de libros. Como el decía: donde hubiera una buena masilla...

La madre murió cuando Gonzalo tenía sólo quince. Un golpe mal “dao”. Al parecer Genaro tenía nombres para todo. Si no fue a la cárcel fue porque siempre se ocupó de guardar bajo la alfombra sus secretos. Nadie de fuera declaró contra él.

En la obra, con cada ladrillo Gonzalo se iba derrumbando. Cada pared lo aislaba más del mundo y las vigas no hacían más que cimentar su total desposesión: no era más que una propiedad, respirante y vagamente consciente, de entre las (pocas) que tenía Genaro.


Cumplió los veintiuno retrepado en el andamio. De todos los peones, eran los andaluces los que le gastaban las bromas más salaces. Le hablaban de mujeres que él todavía no había probado, de lugares en los que por solamente unos reales se podía pasar un buen rato. Quizás hoy, como regalo de cumpleaños, le decían palmeándole en la espalda.

-¡Vienen o no vienen esos ladrillos, Gonzalo, coño, que no voy a levantar las paredes con aire!

Genaro se asomó al vacío desde el quinto. Gonzalo, lanzándole una mirada desabrida, amontonó unos cuantos ladrillos en una carretilla y los subió después, con ayuda de los andaluces que no paraban de guiñarle el ojo, hasta el piso donde se encontraba el padre. Una vez allí fue cargando con ellos uno a uno para que Genaro no tuviera más que ir alineándolos cuidadosamente sobre el cemento. Lo había aplicado previamente entre calada y calada de uno de sus malolientes pitillos.

Estuvieron así cerca de una hora. Al cabo Genaro se levantó para desentumecer un poco las piernas. No reparó en la barra de hierro (algún sobrante del montaje del andamio) que rodó ruidosamente bajo sus pies. Alarmado, Genaro plantó las dos manos en la pared que apenas sí había terminado de armar. El cemento, aún fresco, cedió ante su peso, y él, intentando recuperar el equilibrio con grandes brazadas (casi aleteos), quedó de espaldas al vacío y después perdió pie.

En una de éstas su mano se encontró con la de Gonzalo que se había lanzado hacia adelante instintivamente al ver que su padre caía al vacío. Resbaló por el suelo cubierto de gravilla manoteando hasta encontrar asidero en el andamio. Los ladrillos, al debatirse Gonzalo e ir empujándolos más allá del borde, hacían abajo el ruido periódico de un macabro reloj.

La postura no podía ser más peligrosa: Gonzalo, tumbado cuan largo era, se sostenía, con la izquierda, de una barra de hierro. La otra mano se cerraba con toda su fuerza sobre la del padre, Genaro, que pataleaba indefenso a quince metros de altura. Ya había perdido un zapato.


Dicen que ante los ojos de quien ve de cerca la muerte pasan a toda velocidad, como en una película muda, todos los recuerdos. Ante los de Gonzalo sí pasaron en un destello de lucidez exagerada algunas imágenes (su madre ovillada en un rincón, las olas con las que se mece lánguido el trigo, un cigarrillo negro consumiéndose a las siete de la tarde, el cinturón colgando de un puño como una serpiente de cuero), a pesar de que si fuera la muerte la cinta extendida al final de una carrera, sería Genaro sin lugar a dudas quién alzaría los brazos.

-¡No, me sueltes, hijo! ¡No me sueltes!

Apretó los dientes. Ya resonaban en las rampas los pasos a la carrera del resto de compañeros. A través del sudor Gonzalo podía ver su propio puño firmemente cerrado. Así, con la sencillez que se encuentra más allá del concepto y la palabra, despiertan a veces los recuerdos.

Mientras dejaba abrirse uno a uno sus dedos, como una flor, pensó que nadie podría culparle jamás por lo que estaba sucediendo; ni los hombres que subían a toda prisa gritando por las escaleras, ni Genaro que pataleaba salvajemente (ahora caía otro ladrillo); ni siquiera él mismo, y esto era lo más importante, pues todo el mundo sabía, Gonzalo incluido, que no había ningún pecado en dejar la mano abierta.

sábado, abril 02, 2005

Manos abiertas de Iurdana

Hola panda,

No quería irme con las manos abiertas y vacías… sin dejar mi escrito, una pequeña huella de buena estudianta, “koletilla de k”; aunque fuera un email de esos que hacen saltar de alegría, y resaltarla, si aún nos quedan fuerzas… pero tranquis compañeras letras, no estaba demasiado preocupada por hacerlo porque en este último tiempo me he propuesto no preocuparme.

Estoy cansada de complicarme la vida más de lo debido…

Annibal Leccter me dijo una vez en una película de corderos mudos, que todo reside en la simplicidad, citando a otro famoso alguien, y… la verdad, es verdad. Siguiendo ese lema, te comes el mundo con la facilidad y gusto que él lo hacia en dicho metraje.

Y entonces pienso en algo simple. Y como por arte de magia se me abren las manos, se extienden hacia el cielo y todo mi cuerpo responde al unísono entrando en contacto directo con un no sé qué que qué sé yo que me hace grande, tan grande como el Universo. Supongo que será eso de sentirse una con el todo y descubrir que yo misma no soy nada y todo a la vez. Que no tengo ninguna grandeza más que mi unión con todos vosotros y vosotras.

Pues bien, esa unión, recibida con las manos abiertas y el corazón y… y ya- no vayamos con la emoción a terminar despidiéndonos como los monjes de María de la T- me hace sentiros cerca, acá en el alma y viajar mañana (y SIEMPRE) acompañada, aunque “engañe” al de la taquilla y sólo paguemos un billete y mi compi de viaje sólo me hable a mí (porque curiosamente a mi vera se sientan personas con facilidad de charla, no siempre, cierto, pero tan a menudo que me atrevería a decir siempre).

Y todo este mensaje informático para deciros que os quiero compañeras y que os echo de menos, que la k sin otubre, es como vaca sin ubre… y que en honor al luto que yace en mi ser, no tomaré leche procedente de ubre hasta que no vuelva a tomar un trocito de brownie con b (y con el resto de ustedes) con leche de vaca.

Hasta entonces me alimentaré con leche de soja, un lujo, digo luto, LUTO, que disfrutaré a vuestra salud.

UN abrazo.

k