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lunes, marzo 28, 2005

Para Elvira de Elisa

-¡Eh, eh, chaval, qué haces, cagoenlaputa!- Higinio salió corriendo detrás de Andresillo, pero era demasiado arriesgado dejar la barra vacía; había mucho chorizo por el barrio. Total, por un plato de aceitunas, no merecía la pena. Pero le jodía enormemente que le tomaran el pelo.


Aunque se tenga experiencia en la huida, no es fácil correr con un plato de aceitunas en la mano. Correr, correr, correr. El caldillo que se cae. No importa, qué va a importar el caldo. La mano se moja. Una aceituna, mierda, al suelo. Tira el plato y quédate con las aceitunas, tonto. No puedo, no puedo parar. Piensa en la coleta de Elvira y no mires para atrás. Ahora. Ya no le sigue nadie. Está en una plaza con bancos, con señoras, con perros. Hay otros niños de su edad, juegan a fútbol. Andresillo echaría unas bolas, pero no sabe qué hacer con el puñado de aceitunas. Podría apretarlas fuerte en la mano y no soltarlas mientras corre detrás de la pelota, pero teme que se estrujen y se echen a perder. Lo mismo si las guarda en el bolsillo. De todos modos, los otros niños casi nunca le dejan entrar. Sobre todo si están las mamás mirando. Algunas dicen MarcosoJavier vámonosacasaamerendar justo cuando él llega. Además de las señoras y los bancos y los perros y los niños, hay en esta plazuela dos terrazas. Andresillo se pasea entre las mesas; observa y calcula el tiempo que tardará cada una en quedarse vacía. ¿Qué toman? De lejos solo se ven los vasos. Descarta a los que beben café, infusiones, batidos. Se acerca. Una mujer con el pelo rosa y una pluma colgada al cuello lo mira.

-¿Cómo te llamas?

-Andrés.

-¿Y tienes hambre, Andrés?

El chaval no responde, pero permanece allí, como paralizado. La cabeza rosa le ha sonreído y ha estirado el brazo ofreciéndole su aperitivo. Andrés mira el platillo con almendras, kikos,pasas; niega con la cabeza. Corre.
En la terraza de al lado Andrés encuentra un tesoro. Al cerrarse un ordenador portátil, quedan al descubierto media docena de aceitunas abandonadas. El joven del traje deja dos monedas sobre la mesa y se marcha. Andrés apenas ha mirado las olivas antes de agarrarlas. Solo corre,corre, otra vez corre con las aceitunas en la mano. No sabe que esta vez nadie le sigue. Apoyado en la fuente, busca un palo finito, muy finito; tiene que serlo para poder sacar uno a uno el trocito de pimiento. Ahora sí, ahora están todas como deben estar. Lo comprueba mirando a través del agujero. Ve el mundo al otro lado de una aceituna. Un montoncito rojo queda en el pretil casi a modo de firma.


-¿Quieres que te pida algo para comer, majo? – Andrés se pregunta por qué casi siempre son señoras solas las que le ofrecen comida. El chico asiente.

-Muy bien ¿y qué te gustaría?

-Aceitunas.

-¿¡Aceitunas!? ¿y no preferirías algo más... no sé, más grande?- Ríe como si hubiese hecho un chiste. Está nerviosa. Sus dientes tienen carmín. Andrés no contesta a la pregunta. La mujer vuelve de la barra unos minutos después con un plato de aceitunas y un paquete envuelto en aluminio.

-Toma, tus aceitunas. Y esto por si luego te apetece.

Los ojos de Andrés parecen haberse quedado flotando en el plato de las aceitunas, como dos más.

-Ésas no valen.

-¿El qué?, ¿las aceitunas?

-Tienen hueso. – Y vuelve a correr pues es lo que mejor sabe hacer.


Andrés recorre las tascas de la zona; y va descontando. Con seis más podría valer. Cuatro, tres. Le costará un par de hurtos más y alguna bofetada poder llegar al poblado, buscar a Elvira, que estará jugando con sus hermanas, decirle ven un momento, Elvira (eso será lo que más le cueste de todo) y darle la cajita alargada que encontró ayer en el descamapado. Elvira abrirá la caja y le dará un beso en la mejilla. Ensartadas en una cuerda colgarán de su cuello las aceitunas sin hueso.

domingo, marzo 27, 2005

El agujero de la aceituna de Mireya

Si nos paramos a pensar, el universo está repleto de agujeros, desde los insondables de color negro hasta los de las agujas de coser donde habitan camellos, los ojales de una camisa, o aquellos en los que se introduce la hebilla de un cinturón o los cordones de un par de zapatillas de deporte. El propio cuerpo humano está poblado de orificios, todos ellos con una finalidad concreta. Intentemos imaginar una nariz sin agujeros, un vientre sin ombligo, unas orejas planas. Sin agujeros no habría excrementos ni sexo ni forma alguna de manutención.

Los tocadiscos quedarían obsoletos; las muñecas de famosa ya no cantarían al llegar al portal; no habría bolsos ni derivados; no pediríamos dos donuts, por favor; la velocidad en las carreteras no estaría limitada y los recién casados no llevarían alianza. El alfabeto se vería reducido considerablemente; ningún profesor podría calificar con un cero y en los partidos, los marcadores señalarían al menos un tanto por equipo. No permitirían a los pilotos que sus aviones atravesaran las nubes ni viajaríamos en trenes subterráneos; y las hormigas y los topos tendrían que mudarse a la superficie. Tampoco nos descompondríamos bajo la tierra al morir, con lo que una cultura entera se borraría como se borra el lápiz del papel. Lo más divertido sería ver rebotar las balas en los cuerpos de sus víctimas sin dejarles más que una leve marca inofensiva como recuerdo de un intento fallido. Sería como jugar a la guerra en el patio del colegio. Sin agujeros no habría vida y sin vida no habría nada. La nada es un enorme agujero donde cabe todo.

Pero, por encima de los casos más o menos prácticos de un agujero, destaca uno en particular, convirtiéndose en mi opinión en el más original, por curioso y por inútil: el agujero de las aceitunas desprovistas de corazón, también llamado hueso.

Lo primero que me viene a la cabeza cuando las veo es por qué, cuándo y quién tuvo la feliz idea de vaciarlas. Me imagino uno de esos incansables inventores chinos que viven por y para hacernos creer que algo inservible es y será siempre desde su salida al mercado, un objeto completamente imprescindible. Luego pienso en que alguien con mucho dinero y una madre con problemas dentales patentó las olivas huecas por amor filial y como estrategia mercantil, matando así dos pájaros de un tiro.

Cuando ya he despejado –o eso creo– la incógnita anterior, me hago la pregunta más difícil (todavía), que aún ahora que escribo estas líneas permanece sin respuesta: ¿cómo diablos lo hacen? ¿Son máquinas las que toman con delicados ganchos una a una todas las aceitunas de un cesto y las van depositando cuidadosamente, tras extraer el hueso, en envases de plástico, botes de cristal o latas abre fácil? ¿O es acaso que en lugar de desprenderse de las ramas de los olivos salen vacías de los gigantescos maceteros dispuestos en filas según sean verdes o negras?

Para rizar el rizo, en las repisas de los supermercados nunca faltan las rellenas, gran hallazgo a mi juicio y aún más difícil de comprender si cabe. Las anchoas se llevan el oro por una cuestión de antigüedad. De cerca le siguen el pimiento rojo, el del piquillo, el pimentón (pi pi pi), el pepinillo, la guindilla, y poco a poco va haciéndose hueco el queso. No tengo palabras. Retorna presta a mi mente la duda iniciática, de qué cabeza salen semejantes ideas, pues está claro que el porqué ya está claro: hoy día rellenar está de moda.

miércoles, marzo 23, 2005

Aceitunas sin hueso de Iurdana

Que por qué las aceitunas sin hueso. Pues porque eh eh… porque nunca me gustó la fruta que hay que pelar. Sé que parece que no tiene nada que ver una cosa con la otra, pero verás que sí, déjame que te explique: cuando era niño mi madre solía llevarme tarde al cole y no te imaginas la vergüenza que me hacia pasar cuando llamaba a la puerta y me empujaba con la bolsita del tentempié del recreo.

Para colmo mientras iba a mi pupitre sin mirar para atrás, rezando porque mi madre no dijera mi nombre y me encasquetara tan preciado marrón, muy bien envuelto por supuesto, oía como gritaba sorprendida que no me olvidara la bolsita… “que tienes que alimentarte para crecer y aplicarte bien en los estudios”. Menuda güasa se trajeron conmigo toda la primaria. ¡Hasta que pude librarme del mote “naranjito sin hueso”! Porque lo que mi madre metía en la bolsa era una naranja peladísima y un mini-taperware con aceitunas, debidamente deshuesadas y cortaditas en trozos acordes a mi tamaño.


Aún hoy no logro entender cómo mi madre se complicaba tanto la vida preparándomelo, pelando cuidadosamente la fruta y quitándole el hueso a las aceitunas para partirlas a continuación. Ella tampoco entendió nunca que yo me desesperara mirando el reloj, con mochila a la espalda y pensando en la retaila de insultos y risitas que me esperaban en el recreo.

Cuando enfermó y la tuvimos que llevar al Hospital estuve por confesarle el porqué de mi nerviosismo y de mi posterior resentimiento hacia ella, que poco a poco me alejó hasta convertirse en un silencio de kilómetros.

No me atreví. Te puedes creer que sólo pude cogerla de la mano y llorar como un niño, como aquel que sufrió su especial cuidado, su que hacer perfecto. Creo que esa noche le lloré todo lo que guardaba para ella. Me miró y sentí que por fin nos entendíamos. De repente le agradecí en silencio todas aquellas atenciones. Y murió.

Ahora no soporto las naranjas, y supongo que por familiaridad, ninguna fruta que se tenga que pelar, como tampoco aguanto las aceitunas deshuesadas…

Las aceitunas son con hueso, las frutas con su piel y los jardines, los que merecen contemplación, con flores… ¿O no? Pues eso.

martes, marzo 22, 2005

La prueba de la aceituna de Borja

Maripi es, sin lugar a dudas, la niña más imaginativa del Nuestra Señora del Pilar. Exceptuando el estilo indirecto y en consecuencia el tiempo verbal, éstas son las palabras textuales tal cual las dice la psicóloga del centro a la madre de Maripi, una vez que se ha sentado al borde de la silla como preparándose para echar a correr.

Mucho decir, continúa la psicóloga, pues su hija está en preescolar, y como bien sabe en este colegio los niños permanecen hasta que ya no son tan niños, ¿me entiende? Sin embargo puedo reiterar sin miedo a equivocarme que Maripi es, con mucho, la niña más imaginativa del Nuestra Señora del Pilar.

Se lo debe al padre, ha replicado ella, tan segura de lo que acaba de decir como de que el cielo es azul en los días soleados (si hay tormenta todo cambia, piensa, y por eso las verdades son tan relativas). En efecto, él ha introducido a Maripi en Terria, un mundo paralelo del que a veces se la excluye con toda su razón y sus prejuicios, lastres, según ha aprendido a decir Maripi como un pequeño loro rubio, demasiado pesados para el descenso a esos lugares secretos. Terria es el juego, el mundo donde Maripi y papá se refugian cuando los forasteros ponen caras de extrañeza, y siempre las ponen, pues Terria es magia y la magia si algo hace es extrañar.

Para volver a lo prosaico, como la imaginación y la psicología, nos valdremos de hechos que ilustran mejor el acogedor paraíso. En Terria, por ejemplo, Maripi guarda una chispa verde de fuego artificial que su padre ha capturado en la verbena del pueblo. La mantienen a todas horas cerca de una vela, pues afirman que sin esos fuegos trémulos las chispas mueren lentamente de melancolía. A veces la oyen chisporrotear, como cuando el maíz empieza a florecer en palomitas (las flores del maíz, otro invento de Terria), y dicen entonces que su chispa está contenta.

En Terria Maripi planta hilos en las macetas. Después los riega con esmero, los saca de vez en cuando a la ventana cuidando que el sol no caiga a plomo sobre ellos (resultaría nocivo), y les dice al oído palabras dulces, en ocasiones tarareos. Sin saber cómo, el hilo va creciendo, imperceptiblemente al principio, al final con toda claridad. Detrás del hilo, bien atado, empieza a asomar siempre un objeto: una pequeña caja de música, un estuche de rotuladores, una piedra con motas verdes. El padre explica a Maripi, al anochecer y entre las sábanas, que es así como nacen todas las cosas bonitas. La madre sospecha que es él quien prepara de madrugada los engaños, pero nunca le ha visto levantarse de la cama por más que pasa sobre él el brazo antes de dormirse.

En Terria, del mismo modo, hay dos tipos de seres vivos: los móviles y los inmóviles. Si se quiere descubrir a qué categoría pertenece un cuerpo dado, basta aplicar la sencilla “prueba de la aceituna”. Esto lo explica el padre y Maripi atiende con los ojos muy abiertos, a veces estornuda. Algún día, Maripi, te dirán que las piedras no están vivas, y tú deberás decir que sí con la cabeza porque ellos no conocen nuestros secretos. La vida nos rodea, hija, esta mesa está viva, por mucho que los maestrillos confundan vida con movimiento. En estos casos, ¿qué tenemos? La prueba de la aceituna, papá, dice Maripi. Receta: toma un palillo y pincha una aceituna. Si ésta tiene hueso, es decir, pertenece a la vida móvil, tratará de escapar del plato. Las aceitunas sin hueso, en cambio, pueden ser incluidas en el otro grupo, pues se prestan más dócilmente al pinchazo del palillo. Nunca pienses que no les duele porque no puedan huir como sus hermanas. En consecuencia, nunca comas aceitunas sin hueso. Maripi, chica inapropiadamente lista a sus cinco años, ha aprendido a extender esta prueba al resto de los objetos.

Maripi ha entrado temprano a casa de jugar en el jardín. Su madre está muy preocupada por ella: no ha hecho ningún comentario extraño desde la visita al hospital en el que duerme, quizá para siempre, su padre. Los coches también derrapan en Terria. La ve sonreír y se pregunta qué pasa en cada momento por su cabeza. La ve mirar con sus ojos enormes, como una lechuza rubia, igual que la vio mirar desde una rendija de la puerta mientras el médico hablaba con ella. Cuántas palabras habrá escuchado, se pregunta, quizá “coma” y “nunca” tan cerca de “despertar” o de esa otra tan tajantemente fría: “irreversible”. Quizás incluso “muerte”, si estuvo ahí lo suficiente, observando desde el principio. Después se había vuelto al lado de su padre, sentada en un taburete con las manos reposando sobre las sábanas. Apenas si quedaba al descubierto un pedazo de él entre los tubos, las vendas y los cables.

Chica fuerte, no lloró en ningún momento.

Hoy su madre está preocupada. Maripi ha vuelto, ha cerrado la puerta despacio, como siempre, y ya oye sus pasos de pájaro por el pasillo. Maripi, vamos a ver a papá, que seguro que nos echará de menos. Será la segunda visita, la madre no sabe lo que puede ocurrir. Maripi asiente, se da la vuelta y echa a correr por el pasillo. Su madre se pregunta qué pasará por su cabeza mientras descuelga del perchero del recibidor un par de abrigos.

En la cocina, Maripi se pone de puntillas y estira los deditos. Al salir por la puerta lleva en su bolsillo, apretados con tanta fuerza que ha roto más de uno, un buen puñado de palillos.